Les Veys-St Martín des Entrées (Playas Omaha y Gold)
Tras salir airoso de mi pasaje del terror particular, en el que ni siquiera me han ofrecido de desayunar (aunque sí es cierto que por la mañana ya había un ser humano atendiendo, aunque no sé a quién), he tenido una mañana, digamos, solemne.
Mi primera visita ha sido al cementerio alemán de La Cambe. Después, al cementerio americano de Collevile-sur-Mer.
Ambos, evidentemente, buscan dar cobijo a los cuerpos de las bajas de Normandía cuyas familias decidieron que permanecieran aquí, en lugar de repatriarlos a sus respectivos hogares, al tiempo que, ambos, sirven de memorial a lo que aquí ocurrió.
Y los dos siguen un patrón homogéneo de distribución y estética: cruces iguales para todos en cada uno de los cementerios (de marmol italliano blanco en el americano; negras y chatas en el alemán, en grupos de cinco), distribución geométrica dentro de una explanada rectangular de jardines muy cuidados. Hasta aquí bien.
Pero luego empiezan las diferencias. Para empezar, la ubicación: el americano sobre un acantilado, dominando la playa de Omaha; el alemán, entre dos autopistas, pudiendo oír perfectamente el ruido de los vehículos al pasar mientras lo visitas. Luego, la superficie: los más de 20.000 cuerpos de las bajas del ejército alemán se conforman con, probablemente, una sexta parte (esto puede ser muy impreciso, lo estoy diciendo a ojo) de la extensión del norteamericano, que acoge entorno a 10.000 víctimas (la mitad). La geometría en el cementerio americano es escrupulosamente respetada; en el alemán, encuentras de pronto placas más concentradas (da la impresión de que les dieron un espacio determinado, y luego, al aparecer más cuerpos, debieron hacerles hueco). Pero vamos, que no pretendo hacer un juicio de valor; es pura observación de las diferencias entre los vencedores y los vencidos.
Sobre esto es importante tener en cuenta que gran parte del ejército alemán que defendía el llamado Muro del Atlántico estaba formado por hombres de los países invadidos con anterioridad, que habían sido obligados a vestir el uniforme alemán y coger un arma. Muchos son polacos, ucranianos… nada que ver con la contienda, y menos en ese bando (los soldados más preparados y motivados estaban en otros frentes donde, antes del día D, las cosas estaban más crudas, como en el este). Se dice que eso provocó una menor resistencia al avance aliado, ya que muchos preferían rendirse sin apenas presentar combate, ya que se veían con más posibilidades de sobrevivir como prisioneros. Evidentemente, el grueso del ejército alemán presento una gran resistencia.
Por cierto, que al irme del cementerio alemán, un par de autocaravanas de ese mismo país, que había en el parking, llevaban la misma seña de identidad ibérica: ¡eso es una marca bien exportada!
Por cierto, que al irme del cementerio alemán, un par de autocaravanas de ese mismo país, que había en el parking, llevaban la misma seña de identidad ibérica: ¡eso es una marca bien exportada!
El cementerio americano, hay que decirlo, está muy bien organizado (para no repetirme, véase Nos vemos en Escocia: Un pedazo de historia). Un centro de visitantes te pone en situación nada más entrar, aportando una gran profusión de información junto con una importante carga emotiva, por presentarte directamente historias individuales de caídos, héroes… con nombres y apellidos, y describiendo sus sacrificios, logros, pérdidas. Por ejemplo, la historia de la familia real en la que se basa Salvar al soldado Ryan.
Este tipo de historias “cercanas” es lo último que ves antes de abandonar el centro de visitantes y salir a los jardines para ver el cementerio. Esto lo haces por un breve camino que serpentea entre unos cuidados setos hasta llegar a un mirador sobre la playa. Y es justo lo que necesitas, para tomar aire fresco y deshacer el nudo del estómago. A más de un grandullón he visto salir haciendo gestos a su acompañante como de “No pasa nada; ya se me pasa”, y ella haciéndole una leve carantoña como de “Si no te conoceré yo, blandengue…”.
Este tipo de historias “cercanas” es lo último que ves antes de abandonar el centro de visitantes y salir a los jardines para ver el cementerio. Esto lo haces por un breve camino que serpentea entre unos cuidados setos hasta llegar a un mirador sobre la playa. Y es justo lo que necesitas, para tomar aire fresco y deshacer el nudo del estómago. A más de un grandullón he visto salir haciendo gestos a su acompañante como de “No pasa nada; ya se me pasa”, y ella haciéndole una leve carantoña como de “Si no te conoceré yo, blandengue…”.
Hoy he tomado el camino a la playa, que no lo había hecho la otra vez por falta de tiempo. Como siempre, prácticamente desierta, en su inmensidad. Tiene gracia que el pie del acantilado sea hoy una reserva natural con especies protegidas. Si debió de quedar aquello como un erial… ¿Nadie consideró al ser humano especie protegida el 6 de junio de 1944?
Pero me ha empezado a caer agua estando respirando el aire del mar, y he tenido que recuperar lo descendido, a paso ligerito. Joder, pensar que mi kilogramo largo de equipo (cámara, objetivos y guía) no es nada comparado con los 20 que portaban aquellos pobres, y lo que para mí eran gotas para ellos eran balas…
Ha escampado (ligeramente) y he repetido mi exploración por el cementerio como tal. Sin novedad.
Tras tomar una ensalada normanda (básicamente, lechuga, tomate, huevo y Camembert), porque necesitaba limpiarme de comida basura y latas de ayer, a ver el Arromanches 360. Arromanches-les-Bains es un pueblo de la playa Gold frente al que fue construido uno de los dos puertos prefabricados Mulberry para acelerar el desembarco (ya sabéis, ved el año pasado). Arromanches 360 es una proyección de cine en una pantalla circular, por tanto estás rodeado por imágenes y sonido, con tomas del desembarco, alternadas con actuales, de los sitios clave. Son 18 minutos curiosos. Otra cosa más, simplemente.
Ya abajo, en el pueblo, el museo del desembarco explica de manera detallada el traslado de las piezas del puerto y su montaje, en las 24 horas posteriores a la hora H. También interesante. También una cosa más.
Ya avisé que hay que tener cuidado, porque montan un museo en cualquier sitio, le ponen un nombre muy rimbombante (como si todo el saber y el meollo del desembarco estuviera entre sus paredes) y caemos como moscas, a entre 4 y 7 euros la entrada, imaginad. Yo me he moderado, y ya me voy dando por satisfecho. Me está dando la impresión de que, por el momento, he tenido suficiente desembarco (ya voy oyendo lo mismo varias veces), y se va acercando el momento de cambiar de tercio.
Naturalmente, hay que emular a Tom Hanks, y este es el botín (de Gold; detrás, un fragmento del puerto Mulberry, varado en la playa):
La cena, en Bayeux: una sopita de cebolla muy rica, para entrar en calor, porque nuevas lluvias en Arromanches me habían metido el frío en los huesos, y una pata de pato (en serio) asada, impresionante. ¡Qué buena estaba! Nunca lo hubiera dicho: con su piel crujientita como si fuera un cochinillo… ¡Ah!, qué buena… Y un pastel normando (Apple pie, me ha explicado el camarero).
La cena, en Bayeux: una sopita de cebolla muy rica, para entrar en calor, porque nuevas lluvias en Arromanches me habían metido el frío en los huesos, y una pata de pato (en serio) asada, impresionante. ¡Qué buena estaba! Nunca lo hubiera dicho: con su piel crujientita como si fuera un cochinillo… ¡Ah!, qué buena… Y un pastel normando (Apple pie, me ha explicado el camarero).
La llegada a la casa de esta noche ha sido memorable: creyendo que estaba en el pueblo de al lado, céntrica, ha resultado estar en medio de la nada. No ha sido la primera vez que me dicen en un educado y sorprendido francés: “¿Pero no llevas GPS?”. No señora, es que si me fío de ellos, no sé dónde estoy, y antes o después ellos tampoco. Así que no delego, por principios. Pero ha sido muy maja, manteniendo la conversación rotonda tras rotonda, entre los relámpagos que me han acompañado los últimos minutos, y que aún siguen ahí fuera. Lo mejor ha sido cuando me ha dicho: “Menos mal que hablas bien francés”, y yo he pensado: “Esta mujer es inmigrante, fijo, o un alma caritativa, o ambas cosas.”
Pero la casa es encantadora, y mis anfitriones también.
Para el desayuno, aparte de si mermelada de fresa o de frambuesa, el problema que tengo es que no sé muy bien para dónde tirar: ya sé que iba al Loira, pero tengo que decidir (entre ahora mismo y el momento de arrancar el motor) dónde voy exactamente, y qué objetivos me pongo. Y de esa parte del viaje aún no he leído ni una página (salvo un minucioso y cuidado mail que me enviaron, pero tengo que ir sobre el mapa viendo exactamente dónde está cada cosa, trazar una ruta y, si es su caso, descartar lo que sea preciso).
En fin, que deberes no me faltan. Pero eso será mañana. Hoy tengo unas ganas de meterme en el sobre… Buenas noches.
La verdad es que tienes valor con el hotel o simplemente sueño. Yo creo que no habría pegado ojo, aunque eso lo digo ahora, la realidad es que nunca he padecido insomnio. En todo caso tu valentia o tu cansancio tienen un premio y la cena homenaje que te has dado, no tiene desperdicio o al menos eso pienso ahora, que no he cenado todavía y ya estoy oliendo a cenita caliente.
ResponderEliminarSon escalofriantes la cifras de caídos en aquellos días. Espero que nunca volvamos a caer en esos errores, que a la larga nos hacen sentir vergüenza de lo que podemos degenerar en un conflicto bélico.
GRACIAS POR LAS DESCRIPCIONES.
Adiós Vielha y hola Horcajuelo. Suerte mañana.